
En una entrevista con Nate Akin, él mencionó cómo su padre procuró criarlos. Lo describió como una filosofía sencilla: 1. Enséñales a amar a Jesús y 2. Diviértete. Quizás esas dos cosas sean una simplificación excesiva de lo que Danny Akin hizo realmente, pero esa fórmula es fácil de recordar y ayuda a mantener la sencillez.
Al elogiar a su padre, Nate comentó sobre historias de terror que había escuchado. Habló de padres tan serios y tan deseosos de que sus hijos siguieran a Jesús, que cualquier desvío del camino era recibido con presión, preocupación y corrección. Una crianza que parecía opresiva o temerosa.
Eso me llevó a pensar en un peligro que he visto antes. Aquí propongo una palabra nueva: los llamaría padres que sobre-discipulan. ¿Qué quiero decir con eso?
Gran parte de mi ministerio está dirigido a llamar y equipar a los padres para que discipulen a sus hijos. Para muchos, la idea de que son responsables de transmitir la fe a sus hijos es nueva. Es por eso que gran parte de mi esfuerzo se dedica a llamar a los padres y a las madres a despojarse de la pasividad y pensar activamente en cómo pueden enseñar a sus hijos sobre el amor de Cristo. La Palabra de Dios nos llama a hacerlo y nos dice que los padres somos los pastores más eficaces para nuestros hijos.
Sin embargo, hay otro grupo, más pequeño, que toma esta responsabilidad muy en serio. Saben que Dios les ha dado un alma eterna y los llama a enseñarles sobre Cristo y Su Palabra. También saben que, además del corazón pecaminoso del niño, hay un mundo que quiere seducir el corazón de sus hijos. Con frecuencia, estos son los padres que se sienten atraídos por este ministerio.
¡Quizás eso te describa! Pero para este grupo, el peligro es que discipular a nuestros hijos puede convertirse en un ídolo. En lugar de amar primero al Señor, vivir nuestra propia vida cristiana y luego invertir en nuestros hijos, el orden se invierte. Toda nuestra identidad queda atada a cómo les va a nuestros hijos. Examinamos cada acción del niño bajo un microscopio y la sopesamos como si tuviera consecuencias eternas. En un hogar así puede haber una falta de gozo y un temor que no honran a Cristo. Eso hace que el cristianismo resulte poco atractivo para nuestros hijos.
Según se cuenta, A. T. Robertson, el famoso erudito del griego, hacía que sus hijos copiaran el Nuevo Testamento griego durante tres horas los domingos por la tarde. Todos ellos terminaron abandonando la fe.
En cambio, el gozo de Jesús debe estar en nosotros: «Estas cosas les he hablado, para que Mi gozo esté en ustedes, y su gozo sea perfecto» (Jn 15:11). Esa confianza gozosa en el Señor puede ayudarnos a combatir los temores que nos llevan a sobre-discipular. Como padres, queremos ser diligentes y fieles, pero también queremos estar llenos de gozo, con amor por ellos y por la vida. La vida cristiana no consiste en beber jugo de limón. El cristiano serio y sin sentido del humor no resulta atractivo. El papá o la mamá opresivos terminarán alejando a sus hijos.
Así que, padre diligente, camina por fe, no por temor. Encomienda a tus hijos al Señor. Busca ser fiel, no perfecto. ¡Abraza el gozo!


