
Pregunta: Somos cristianos, pero ninguno de nuestros padres lo es. ¿Cómo manejamos sus desacuerdos con la forma en que estamos criando a nuestros hijos (sus nietos)?
Hace poco me hicieron esa pregunta en una conferencia. Por fortuna, los padres de Sharon y los míos siempre nos apoyaron de manera extraordinaria. Sin embargo, he conversado con suficientes familias como para empezar a entender algunos de los problemas. Sé que corro el riesgo de dar respuestas simplistas a situaciones y dinámicas familiares complejas. Aun así, esta es mi respuesta.
Dios nos manda honrar a nuestros padres. Aunque como adultos ya no les obedecemos, seguimos llamados a honrarlos. Esto se aplica de varias maneras.
1. No debemos hablar mal de ellos delante de nuestros hijos. Queremos fomentar en nuestros hijos la honra hacia ellos. Incluso si terminamos en desacuerdo o debemos tener conversaciones francas, siempre queremos presentarlos ante nuestros hijos de la mejor manera posible. En medio de la frustración, es fácil quejarnos de ellos con nuestro cónyuge sin darnos cuenta de que los niños están escuchando.
2. Por honra, procura entender la preocupación que están expresando. En lugar de asumir que no tienen nada de sabiduría porque no son cristianos, asume que sí tienen algo de sabiduría porque han vivido más años. Escucharlos no significa que tengas que seguir todo lo que dicen. Trata de ir al fondo del asunto. Pregunta: «¿Qué están viendo ustedes que creen que nosotros no vemos? ¿Cuál es su preocupación?».
3. En la mayoría de los casos, el hijo biológico debería ser quien hable con los abuelos en cuestión. Si hay una conversación tensa por delante, muchas veces la tensión disminuye cuando la madre habla con sus propios padres o el padre con los suyos. Hay excepciones, según la confianza que exista o que falte, pero en general este principio se sostiene.
4. Debes estar dispuesto a que los abuelos consientan a los niños en su casa. ¡Ese es el papel de los abuelos! Es su casa, así que ellos ponen las reglas. El abuelo de mi esposa solía decir: «¡Si no te gusta el panqueque, lo puedes tirar al piso!». Te tomará algo de trabajo corregir esos excesos cuando vuelvan a casa. No hay problema. Que los consientan un poco no les hará daño a tus hijos.
5. Por otro lado, no podemos permitir que los abuelos socaven nuestra autoridad. Por desgracia, he sabido de situaciones en las que el abuelo prácticamente les dice a los niños: «Bueno, tu mamá dice que no podemos hacer esto, pero lo haremos de todos modos». Esa es una respuesta equivocada de parte de los abuelos. Pero si nosotros, los padres, fuéramos un poco menos estrictos, tal vez no los pondríamos en una posición tan incómoda. En esa misma línea, conviene contar con el respaldo de los abuelos frente a cualquier norma que les pidamos hacer cumplir.
6. Hay una gran excepción a estos últimos puntos: ¡el acceso a los aparatos electrónicos! Debemos estar especialmente atentos al acceso que nuestros hijos tienen a los dispositivos en casa de los abuelos. ¿Tienen filtros en sus dispositivos?
7. Además, los aparatos electrónicos como regalo también podrían ser una excepción. Al igual que en el punto anterior, aunque permitamos que los abuelos compren regalos para los niños en nuestra casa, les desaconsejaría con firmeza comprar dispositivos electrónicos. Queremos que quede muy claro que somos los padres quienes damos acceso a unos aparatos que nos pertenecen. Por eso podemos limitar el tiempo de uso, poner contraseñas y revisarlos cuando queramos. Después de todo, el aparato no le pertenece al niño, sino a nosotros. Solo se lo estamos prestando por un momento.
Sin duda hay un sinfín de escenarios según las relaciones y los valores de cada familia. Ofrezco estos siete principios como un camino a seguir.


