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La palabra litúrgico ha llegado a significar el orden del servicio de adoración. Esa rutina de adoración crea una cultura.

La palabra liturgia me viene a la mente cuando pienso en el poder que tiene la mesa familiar para crear cercanía en el hogar. En nuestra informalidad y en nuestro afán por girar en torno a los hijos, temo que hemos perdido algo valioso: una teología del alimento y del impacto de la mesa familiar.

En mis viajes veo demasiadas familias buenas que no son intencionales con la mesa familiar. Todos salimos perdiendo por ello. En este artículo quiero mostrarte por qué vale la pena ser intencional con la mesa de tu familia, y ofrecerte consejos prácticos para lograrlo.

La mesa como señal y sello

Un rápido recorrido por las Escrituras revela el poder de la mesa. Dios hizo pacto con Abraham y tuvo comunión con él en torno a una mesa. En el Antiguo Testamento, Dios ordenó fiestas para Su pueblo. De hecho, debían gastar un diezmo en la celebración.

Con frecuencia vemos a Jesús comer con Sus discípulos, con los líderes religiosos y con los marginados. La práctica central y constante del Nuevo Testamento era a la vez una comida real (el ágape) y la comida ceremonial de la Cena del Señor. Comer con los gentiles provocó una controversia que hubo que resolver. Por supuesto, las Escrituras culminan con la cena de las bodas del Cordero.

También conocemos el poder de la mesa para unir corazones. Las citas suelen incluir comida. Las bodas incluyen comida. Los funerales muchas veces tienen comida. Compartir la mesa es señal y sello de una relación más cercana.

Comprender esta teología del alimento debería moldear nuestra manera de pensar sobre la cultura que queremos crear en nuestras propias familias. ¿Qué lugar ocupa la mesa familiar y cómo debería ser en la práctica?

El poder de la mesa familiar

Sentarse a la mesa con alguien es algo poderoso. Desde la seguridad tácita de comer en paz hasta el espacio que se abre para hablar de lo que importa, compartir la mesa crea una relación y a la vez se nutre de ella. Desde hace mucho, los investigadores nos vienen mostrando el poder de una cena familiar cada noche.

Tanto es así que Miriam Weinstein comienza su libro de 2005, The Surprising Power of Family Meals [El sorprendente poder de las comidas familiares], con estas palabras: «¿Qué pasaría si te dijera que existe una solución mágica, algo que mejoraría la calidad de tu vida diaria, las probabilidades de éxito de tus hijos en el mundo, la salud de tu familia, nuestros valores como sociedad? ¿Algo económico, sencillo de producir y al alcance de prácticamente cualquiera?».

Anne Fishel, profesora de Harvard, autora y terapeuta familiar, ha señalado innumerables estudios que demuestran que los niños pequeños adquieren un vocabulario más amplio en la mesa que cuando se les lee cada noche. En los niños mayores, las cenas familiares son mejor indicador de buenos resultados en los exámenes que el tiempo en la escuela, la práctica de deportes o las actividades artísticas. En los adolescentes, muchos estudios muestran que las cenas familiares regulares se relacionan con un menor riesgo de tabaquismo, consumo excesivo de alcohol, marihuana, violencia, problemas escolares, trastornos alimenticios y actividad sexual temprana. Otro estudio con 5000 adolescentes de Minnesota encontró que las cenas familiares regulares se asociaban con tasas más bajas de depresión y de pensamientos suicidas. La mesa tiene poder.

El estado actual de la mesa familiar

En demasiadas familias la mesa familiar ha desaparecido o está en ruinas. Un estudio encontró que el 67 % de las familias tenía el televisor encendido durante la cena. En otras familias, los hijos comen antes de que lleguen los padres y se levantan de la mesa antes de que los adultos terminen. Cada uno come por su cuenta, en turnos distintos.

Sentarse juntos a la mesa quizás sea lo más cristiano y contracultural que puedes hacer.

Quiero rogarte, papá o mamá, que crees una cultura familiar donde la mesa y la conversación que ocurre en ella sean un tesoro. Estuvimos lejos de ser perfectos, pero Sharon y yo procuramos crear una cultura que valorara la mesa familiar.

Cuando nuestros hijos eran pequeños, nos esforzábamos por comer juntos. Eso implicaba enseñarles modales en la mesa desde temprana edad. Incluso cuando comenzamos a involucrarnos más en actividades fuera de casa, seguimos procurando sentarnos juntos a la mesa con regularidad.

Algunas sugerencias prácticas desde nuestra experiencia

Preparación

Uno o más de los hijos ponían la mesa. Esa era su tarea. A veces ese mismo hijo ayudaba a mamá a cocinar. La tarea rotaba y le daba a cada hijo un tiempo a solas con ella. También buscábamos usar esto para cultivar un corazón de siervo.

Un hijo ayudaba a mamá a servir. Con cuatro hijos separados por dos años, necesitábamos que todos colaboraran, tanto cuando eran pequeños como cuando ya habían crecido.

A veces también sacábamos el Plato Rojo para animar a alguien.

Enseña activamente a los niños pequeños los modales en la mesa. Sí se les puede enseñar; no tienen por qué lanzar la comida.

Participación

Nadie comenzaba a comer hasta que todos estábamos sentados. Con eso buscábamos enseñar dominio propio. Toda la familia se sentaba junta a comer. Por supuesto, había excepciones, como alimentar a un bebé en su silla o dar zanahorias como merienda. Pero no se nos ocurría servirle la cena a un hijo antes que al resto.

Esperábamos buenos modales (dentro de su capacidad, por supuesto). Eso incluye no hablar con la boca llena.

Esperábamos una conversación buena y divertida. Papá o mamá tomaban la iniciativa. A veces conversábamos entre nosotros mientras los hijos escuchaban, y otras veces cada uno le contaba a papá lo que había hecho durante el día. En ocasiones, el devocional comenzaba a mitad de la cena. Si teníamos invitados, esperábamos que los hijos escucharan al invitado o le hicieran alguna pregunta que les habíamos dado de antemano.

Cuando los hijos eran más pequeños, los ayudábamos a quedarse quietos con chispas de chocolate frente a su plato como recompensa. Si cometían alguna falta menor, les quitábamos una. El objetivo, por supuesto, era conservarlas todas al final de la noche, y entonces se las duplicábamos.

Muchas veces teníamos el devocional familiar durante el postre. Pero, para tener postre, había que hacer una pequeña limpieza y llevarlo a la mesa. Si había postre, esperábamos a que se nos uniera quien había servido. Por lo general, eso significaba quedarnos mirando el postre treinta segundos hasta que mamá se sentaba. Cuando ella daba «el primer bocado oficial», los demás comíamos. Una vez más, buscábamos enseñar dominio propio y consideración. Los niños se divertían esperando a que mamá diera… redoble de tambores… el primer bocado oficial.

¿Hace falta decirlo? Suelta el teléfono: papá, mamá, hijos. Nuestra regla, en la época de las contestadoras, era que nunca contestábamos el teléfono. Ese tiempo de cena era tan breve y tan valioso que la llamada bien podía devolverse después.

Además, el postre (o las chispas de chocolate) era la recompensa por comerse lo que había en el plato. Si no lo terminaban, volvía a salir en el almuerzo del día siguiente. Tampoco se alargaba la cena. Si no habían terminado cuando el resto ya lo había hecho, la comida se guardaba.

Después de la cena

Para el devocional familiar teníamos las Biblias a la mano, junto con algún juguete pequeño para las manos si íbamos a quedarnos un rato en la mesa.

Por último, para levantarse de la mesa tenían que pedir permiso. Otra vez, queríamos enseñar dominio propio y sujeción a nuestra autoridad.

Uno o dos se encargaban de recoger. Muchas veces éramos papá y uno de los hijos.

¿Crees en el poder de la mesa familiar?

¿Se puede adaptar todo esto? Sí, por supuesto. Pero, como puedes ver, la cena era una prioridad y un acontecimiento. Unió nuestros corazones y les permitió a nuestros hijos desarrollar un paladar amplio y aprender a conversar.

¿Tuvimos problemas? Sí, por supuesto. Pero, en general, Dios honró esta rutina. Todo comienza con darle a la mesa el lugar que merece. Continúa con la convicción de que a los hijos se les puede enseñar dominio propio (esperar la comida, permanecer sentados a la mesa, pedir permiso para levantarse). Y tiene sentido porque también queremos enseñarles a escucharse unos a otros, a celebrar las victorias del otro y a consolarse mutuamente. Queríamos crear una actitud de «uno para todos y todos para uno».

La mesa familiar es señal y sello de la unidad de nuestra familia. Tiene un poder enorme para unir corazones. La subestimamos, y eso nos cuesta caro. Piensa en la bendición que serán para tu familia miles de comidas compartidas a lo largo de los años.

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