
Esta es una pregunta que me han hecho en muchas ocasiones. Aunque hay variaciones, la pregunta básica es: «¿Debo obligar a mi adolescente a ir a la iglesia si no quiere?»
Un padre piensa en su hijo de dieciséis años que dice: «No soy cristiano y no disfruto la iglesia; ¿por qué tengo que ir?» Otros tenían en mente un escenario similar. Uno añadió la particularidad de tener un hijo de diecinueve o veinte años que todavía vive en casa e influye negativamente en los hermanos menores.
Los siguientes son algunos principios de sabiduría que me llevarían a concluir que en el 98% de los casos deberías decir: «Sí, debes ir a la iglesia».
Adulto en formación
Primero, necesitamos una teología clara de los años de la adolescencia. Es interesante que la única imagen que tenemos de Jesús como niño sea a los doce años. En ese episodio, Jesús muestra independencia de sus padres. Sin embargo, la Escritura registra que regresó a casa, fue sumiso a ellos y siguió creciendo (Lc 2:42-52). De manera similar, los hombres de veinte años fueron considerados responsables por no subir a Cades-barnea, mientras que los de diecinueve no lo fueron (Nm 14:29).
Esto ayuda a establecer que el período entre los trece y los veinte años es de alguna manera diferente a la niñez, pero tampoco es del todo la adultez. En nuestra casa, identificábamos a quienes estaban en esta etapa como adultos en formación. Les dábamos a nuestros adolescentes mayor independencia, pero aún no habían madurado ni eran económicamente autónomos.
Con esta comprensión, vuelvo a la pregunta original. Mientras tu hijo sea menor de edad, sigue siendo tu responsabilidad. Hay muchas cosas buenas que «obligamos» a nuestros jóvenes a hacer, pues les aportan beneficios que ellos aún no comprenden. Los hacemos ir a la escuela o al médico aunque no quieran. La reunión pública para escuchar la Palabra predicada entra perfectamente en esa misma categoría.
Segundo, esta independencia también está relacionada con la responsabilidad financiera, no solo con la edad. Pablo les dijo a los tesalonicenses que quien no quisiera trabajar tampoco debería comer (2 Ts 3:10). La conducta responsable trae beneficios; la irresponsabilidad trae consecuencias. Mientras una persona disfrute de beneficios económicos significativos de mi parte, tengo todo el derecho de esperar que cumpla ciertas expectativas.
Por ejemplo, después de la universidad, dos de nuestros hijos vivieron con nosotros durante un año para ayudarlos a pagar parte de su deuda universitaria. Durante ese período, mientras mi esposa y yo seguíamos cubriendo sus gastos y les permitíamos vivir sin pagar arriendo, debían respetar algunas «reglas de la casa». Una de ellas era asistir a una iglesia evangélica de su elección.
Otros principios fundamentales
Hay otras verdades de fondo que creo que los padres deben tener claras al enfrentar este asunto.
La asistencia a la adoración pública tiene múltiples beneficios. El mayor es escuchar el evangelio cantado y predicado. A esto se suma el beneficio de reunirse regularmente con una red más amplia de personas. Incluso si ignoramos el componente vertical, hay numerosos beneficios horizontales en la asistencia regular a la iglesia. Congregarse con regularidad como comunidad provee ejemplos, consejo y aliento para la vida. La investigación sociológica confirma que la asistencia regular a la iglesia trae beneficios reales. Somos seres sociales.
Además, debemos estar convencidos de que los padres cristianos piensan en el corazón y en el carácter. Es evidente que, en este escenario, el corazón de nuestro adolescente está lejos de Dios. Queremos hacerle preguntas amables y perspicaces para entender qué está pensando. De hecho, comunicarse con nosotros también es una condición para recibir provisión económica y vivir en nuestro hogar. Tal vez queramos mostrar empatía con su preocupación. Por ejemplo, el joven de diecinueve años podría estar diciendo: «No hay nadie de mi edad». Mi respuesta podría ser: «Entiendo. Busquemos una iglesia sana que sí tenga personas de tu edad». Pero al final del día, nuestras vidas son moldeadas tanto por nuestras acciones como por nuestro corazón. Aunque no podemos controlar el corazón de nuestros hijos, sí podemos influir en sus acciones.
Finalmente, quiero adelantarme a este asunto cuando los hijos son pequeños. Espero que hayamos construido una relación tan sólida con nuestro adolescente y un compromiso tan firme con nuestra iglesia que esto ni siquiera sea un problema. Los cimientos que atemperan este conflicto se construyen mucho antes, en el calor de nuestra familia y su compromiso con una iglesia local. Con todo, reconozco que eso puede no ser posible para quienes llegaron a Cristo cuando sus hijos ya eran mayores, o cuando uno de los cónyuges es creyente y el otro no. La vida familiar siempre es complicada.
Conclusión
¿Habrá excepciones? Sin duda. Pero antes de decidir que tu situación pertenece al 2% de las excepciones, busca la sabiduría de creyentes mayores y experimentados.
Si te encuentras en esta situación, quiero que sepas que mi corazón está contigo. Es evidente que estás atravesando tiempos difíciles en tu relación con tu adolescente. En última instancia, quiero que mi hijo adolescente sepa que lo amo y que también rendiré cuentas por su vida ante Dios. Debo hacer lo que creo que es mejor para él mientras esté bajo mi techo.


