
Escucha mientras comparto una pequeña pero profunda frase de mi suegro que es profundamente bíblica y que puede transformar tu matrimonio:
“No es perfecta, pero es perfecta para mí.”
Mi suegro tiene esta frase que resume una actitud bíblica que los cónyuges deben tener el uno hacia el otro. Analicemos sus dos partes:
1. No es perfecta
Al decir esto, un cónyuge se recuerda a sí mismo que se casó con otro pecador. Muchos matrimonios se desgastan porque se exige perfección.
Muchas esposas dicen: “Tendría el matrimonio perfecto si tuviera un esposo más espiritual.” Muchos esposos dicen: “¿Por qué mi esposa no puede ser como tal mujer?” Spiritualizamos nuestro descontento diciéndonos que solo queremos ayudarlos a ser más piadosos.
Estos pensamientos, tanto hablados como no hablados, muestran una falta de aceptación del otro. Vemos la paja en el ojo del otro, pero no la viga en el propio ojo (Mateo 7:3-5). Pensamos: “Dios me puso en su vida para mejorarle.” Así juzgamos, criticamos y nos quejamos.
En este proceso, perdemos la oportunidad de permitir que Dios trabaje en nosotros cualidades como tolerancia, perseverancia, humildad y aceptación. La tolerancia (forbearance) es la capacidad de soportar el pecado del otro aun cuando no habrá cambio. Es fruto del evangelio, a menudo traducido como paciencia o longanimidad. Dios nos manda a tolerarnos mutuamente (Efesios 4:2), especialmente con la persona más cercana a nosotros.
También perdemos la oportunidad de practicar la aceptación mutua. Debemos aceptarnos como Cristo nos aceptó en misericordia, pasando por alto nuestro pecado. Al recibir activamente a nuestro cónyuge, con todos sus defectos, recordamos cómo Cristo nos recibe a nosotros de manera misericordiosa y constante.
Tú no eres perfecto. Tampoco ella lo es.
2. Pero es perfecta para mí
La segunda parte de la frase es aún más fundamental bíblicamente. Un esposo debe afirmar por fe que su esposa es perfecta para él, y una esposa debe creer que su esposo es perfecto para ella, aun con todos sus defectos.
En la creación, antes del pecado, Dios declaró que todo era bueno… excepto una cosa: no es bueno que el hombre esté solo. Entonces Dios creó una criatura como él, pero distinta de él: una mujer, un ayudante adecuado, que lo completara. Si Adán, antes del pecado, necesitaba un ayudante, ¡cuánto más lo necesitamos nosotros! Sin embargo, el pecado nos ha cegado y nos hace olvidar nuestra necesidad de ayuda.
Como Adán, un hombre debe poder mirar a su esposa y decir:
“En el gran misterio de Dios, Él ha provisto a esta persona para ayudarme de maneras que no puedo ni imaginar. Señor, recibo este buen regalo por fe, aun cuando a veces no siento que lo necesito.”
Una esposa debe poder decir:
“En el gran misterio de Dios, Él ha provisto a esta persona para ayudarme de maneras que no puedo ni imaginar. Señor, lo recibo como un regalo por fe.”
La doctrina de la providencia nos ayuda incluso en los sufrimientos inevitables del matrimonio. Si mi esposa es discutidora o difícil, puedo aceptar ese sufrimiento como de parte de Dios. Si mi esposo es dominante o pasivo, puedo recibir esa circunstancia como parte del plan de Dios para moldearme. En la soberanía divina, Dios ha provisto a esta persona para completar mi santificación de maneras que ni siquiera puedo imaginar.
Él no es perfecto, pero es perfecto para mí.
Ella no es perfecta, pero es perfecta para mí.
¿Lo crees?


