
Soy una persona a la que le gusta trabajar. Amo el ministerio. No trabajo en busca de validación; trabajo porque de verdad lo disfruto. De hecho, la Biblia elogia el trabajo esforzado.
Todo lo que tu mano halle para hacer, hazlo según tus fuerzas (Ec 9:10).
Todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibirán la recompensa de la herencia (Col 3:23-24).
Por tanto, mis amados hermanos, estén firmes, constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que su trabajo en el Señor no es en vano (1 Co 15:58).
Pero, como cristiano, este temperamento esconde un peligro: ponerme en el centro de la historia y creer que todo depende de mí.
Si esto es cierto en la vida del creyente, cuánto más en la crianza cristiana. Siempre hay algo más que podemos hacer. Por eso, sobre nuestra cabeza cuelga un letrero que dice: «Haz más». Podemos oír una voz. Una voz que llega a atormentarnos.
Esta no es una comprensión bíblica del evangelio. Permíteme corregir mi manera de pensar, y la tuya, con dos sencillas ecuaciones matemáticas que sirvan de cimiento para nuestra vida cristiana.
Lo que Dios hizo > lo que yo hago
Agradezco al Dr. David Murray que me diera a conocer esta frase. Aunque la Biblia sí nos da cosas que hacer, el enfoque de la Escritura está en lo que Dios ha hecho en Cristo. La cruz y la resurrección son los acontecimientos centrales de la historia. Dios tomó la iniciativa de enviar a Su propio Hijo al mundo para reconciliar consigo a hombres y mujeres. Como parte de Su plan, resucitó a Jesús de entre los muertos, inauguró una nueva era y derramó Su Espíritu sobre nosotros.
El éxito en la vida cristiana depende en gran medida de comprender y aplicar lo que Dios ya ha hecho. Piénsalo así: alguien te regala un teléfono inteligente. No hiciste nada para merecerlo, y el aparato viene con una lista casi interminable de funciones. Todo eso ya está hecho. Ahora puedes dedicar el resto del tiempo a comprender y apropiarte de (hacer tuyos) todos sus beneficios. Sí, hay algunas cosas que hacer, pero todas brotan de lo que ya se ha hecho.
Por eso podemos dedicar el resto de nuestra vida a procurar entender las glorias de la cruz y la resurrección. Son inagotables e insondables.
Vemos este concepto plasmado en la estructura misma del libro de Efesios. Los capítulos 1 al 3 se centran por completo en lo que Dios ha hecho en Cristo. No hay mandamientos en ellos. El deseo de Pablo es, sencillamente, que sus lectores comprendan y se apropien de lo que Dios ha hecho, antes de pasar a las implicaciones éticas en los capítulos 4 al 6.
Pero todavía hay margen para que me equivoque.
«Estupendo», pienso, «Dios ha hecho todo esto por nosotros, pero ahora me toca a mí ponerme a trabajar. Me dejó al frente del gran negocio de influir en los demás y se fue a descansar». Eso nos lleva a la segunda afirmación que sirve de cimiento para una vida recta.
Lo que Dios hace > lo que yo hago
Lo que Dios hace es mayor que lo que yo hago. Lo que quiero decir con esta ecuación es que lo que Él está haciendo en este preciso momento supera todo lo que yo pueda hacer. No es un Dios distante que entregó ciertos beneficios y luego se marchó. Él sigue obrando, ahora mismo. ¿Alcanzo a verlo?
Veamos solo una muestra de las palabras de Jesús.
Hasta ahora Mi Padre trabaja, y Yo también trabajo (Jn 5:17).
Cuando venga el Consolador […] Él dará testimonio de Mí, y ustedes también darán testimonio (Jn 15:26-27).
Miren las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, el Padre celestial las alimenta (Mt 6:26).
Su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes que ustedes lo pidan (Mt 6:8).
Y hasta los cabellos de la cabeza de ustedes están todos contados (Mt 10:30).
Edificaré Mi iglesia (Mt 16:18).
En otras palabras, nuestro Padre actúa en el mundo. Sí, nos incluye en Su obra. Pero es Él, y no nosotros, quien toma la iniciativa principal en el mundo.
Por eso, aun cuando me esfuerzo y trabajo duro, estoy convencido de que el peso del reino no descansa sobre mis hombros, sino sobre los Suyos. El peso de la «crianza perfecta» no recae sobre mis hombros, sino sobre los Suyos.
Él no solo ve el sufrimiento del mundo, sino que se preocupa por él. Puede usarme a mí o llamar a otro. Pero puedo dormir tranquilo sabiendo que Él es quien nunca duerme (Sal 121). Edifico mi casa sabiendo que es Él quien tiene que edificarla. Puedo descansar porque sé que Él vela por mi casa (Sal 127). Puedo dejar cosas sin terminar, porque sé que Él las ve.
Conclusión
Lo que Dios hizo > lo que yo hago. Lo que Dios hace es mayor que lo que yo hago. Dios ha hecho grandes cosas. Sigue haciendo grandes cosas. Me invita a unirme a Él en Su obra.
Trabajo a partir de Su obra pasada y gracias a Su obra presente. Eso me da una paz profunda.
Así que silencia esa voz que, de forma pecaminosa, dice: «Haz más». Jesús dijo: «¡Consumado es!».


