
Aconsejaba por teléfono a un padre angustiado. Su hijo se apartaba del Señor y se distanciaba emocionalmente de su familia. En medio de la conversación, mi amigo se detuvo y dijo: «La parte más difícil de todo esto es…». Hubo una larga pausa mientras contenía las lágrimas. Al recuperar la compostura, terminó: «La parte más difícil es que mi esposa y yo peleamos todo el tiempo. Esta prueba con nuestro hijo está destruyendo nuestra relación».
Lo que mi amigo vivía es muy común. De hecho, me trajo a la memoria las tensiones que mi esposa y yo vivimos cuando algunos de nuestros hijos eran adolescentes.
Cuando enfrentamos una crisis, los padres sentimos la tentación de atacarnos el uno al otro. La dificultad con un hijo puede acentuar las diferencias en la forma de criar. El padre estricto quiere hacer cumplir las reglas y aplicar castigos; el más permisivo prefiere ceder. Se cavan trincheras, como en una guerra. Las palabras vuelan como granadas.
Sin embargo, a menudo pasamos por alto un factor de fondo que aviva esos desacuerdos: el miedo.
No teman
La Palabra de Dios nos repite una y otra vez que no temamos. De hecho, «no temas» y sus variantes están entre los mandatos más frecuentes de la Biblia. Ese «no tengas miedo» no nos llega como un grito desde el monte Sion, sino como un susurro a nuestro lado.
Aunque todo creyente debe lidiar con el miedo, hay un versículo que parece sugerir que esta puede ser una tentación particular para nuestras esposas. En 1 Pedro 3:1, Dios exhorta a las esposas a someterse a sus maridos, para que aun los maridos que no creen sean ganados por la conducta de sus esposas. Tras poner como ejemplo a Sara, la esposa de Abraham, concluye así:
Así obedeció Sara a Abraham, llamándolo señor, y ustedes han llegado a ser hijas de ella, si hacen el bien y no tienen miedo de nada que pueda aterrorizarlas.
Temer a lo que da miedo
Me encanta el lenguaje de este versículo. Pedro reconoce que en la vida hay muchas cosas que dan miedo. Piensa en la rebeldía de un adolescente, en las emergencias médicas, en los maridos que abandonan a su familia, en el desempleo: la lista no termina. Para una madre amorosa, las preocupaciones y los temores parecen no tener fin. El mundo es un lugar peligroso.
Pero, frente a esa realidad, Pedro nos anima a no temer. En otras palabras: mujeres, sí, vivimos en un mundo que da miedo; pero no, ustedes no tienen por qué temer.
Anímense por la forma en que Dios se dirige a ustedes. Él conoce esta tentación tan frecuente y les asegura que pueden enfrentarla. No están indefensas. Dios nos lleva a lugares que dan miedo, y su esposo no siempre puede arreglarlo de inmediato. Solo hay un Salvador, y su esposo no es Él.
Paz para nuestras hermanas
Esto nos lleva a una pregunta: ¿cómo podemos los esposos servir a nuestras esposas en una prueba que da miedo? ¿Cómo nos ayudamos unos a otros, como hermanos en el cuerpo de Cristo, a enfrentar los temores de la vida? Estos son tres principios que compartí con mi amigo y que yo mismo he procurado practicar:
1. Admitimos que la situación da miedo
Como compañeras sensibles, nuestras esposas suelen estar más atentas que nosotros a las situaciones que pueden traer problemas. De nada sirve que minimicemos esas observaciones. Queremos que se sientan escuchadas. Aunque no sean infalibles, son nuestras compañeras y nos complementan; se lo demostramos al escuchar esos temores.
2. Hablamos paz a esos temores
Pero no basta con escuchar. Con compasión y ternura, nos recordamos el uno al otro lo que ya sabemos que es cierto, aunque por un momento lo olvidemos. El mensaje de Dios del domingo puede parecer muy lejano un jueves, en medio de la rebeldía de un adolescente.
Pero Romanos 8:28 sigue siendo verdad: «todas las cosas cooperan para bien». Lo que Pablo vivió en 2 Corintios 1:9-10 sigue siendo cierto para nosotros: estas pruebas nos enseñan a no confiar en nosotros mismos, sino en Dios, que nos librará. Podríamos seguir citando promesas.
Como hombres, podemos caer en la tentación de mantener nuestra fe callada y separada del resto de la vida. Pero las pruebas en el hogar nos dan la oportunidad de decir palabras amables y llenas de gracia a quienes tenemos más cerca. Las promesas de Dios están ahí para que las apliquemos en casa. En medio de la prueba, nuestras esposas necesitan escuchar de nuestra boca la palabra de gracia de Dios.
3. Oramos juntos a Dios
Además, ¿qué mejor manera de encauzar hacia Dios la tensión que sentimos entre nosotros que clamar juntos a Él? ¿Acaso no hemos leído los Salmos? Allí están los hondos clamores de David, que pide ser librado de pruebas muy reales, y también los cantos de quienes celebran haber sido rescatados de esos mismos problemas.
Cuando un esposo y una esposa oran juntos, se recuerdan que no son enemigos: el enemigo es el diablo. No tenemos todos los recursos, pero Dios sí los tiene. Al pedirle Su sabiduría, esta prueba podría convertirse en nuestra mejor hora.
Las pruebas de la adolescencia no tienen por qué separar a un matrimonio. De hecho, pueden unirlo aún más.


