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“Instruye al niño… y no se apartará”: ¿cómo debemos entender Proverbios 22:6?

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Instruye al niño en el camino que debe andar, Y aun cuando sea viejo no se apartará de él (Pr 22:6).

Este versículo solía ser popular entre los padres cristianos. En él Dios parece prometer que si nosotros como padres hacemos lo que debemos nuestros hijos no abandonarán esa enseñanza.

Para las familias cristianas más fervientes este versículo era fundamental al buscar criar a sus hijos en la fe. El razonamiento era más o menos así: «Si los instruyo bien no serán hijos pródigos sino que seguirán al Señor cuando lleguen a ser adultos».

Pero esa lectura malinterpreta el versículo y se sustenta en una teología transaccional: «Si introduzco la cantidad correcta de monedas en la máquina expendedora Dios queda obligado a entregarme el producto perfecto. Si hago algo por Dios Él tiene que corresponderme».

Los padres de hijos que «salieron bien» pueden mirar atrás con orgullo. Los padres de hijos pródigos en cambio pueden sentir culpa vergüenza una sensación de fracaso e incluso decepción con Dios: «¿En qué nos equivocamos?».

Como consecuencia de esa mala interpretación este versículo ha caído en desuso. Pareciera que se evita. Pero sigue siendo la Palabra de Dios y está allí para enseñarnos. Es más estoy convencido de que los padres de hoy necesitan este versículo más que nunca.

Miremos entonces este pasaje con nuevos ojos.

¿Qué dice Dios en Proverbios 22:6?

En primer lugar cada vez que nos acercamos a un versículo debemos considerar su género literario y su contexto. Aunque no hay un contexto particular para este versículo dentro del capítulo el género es de vital importancia. Proverbios es literatura sapiencial. En particular el libro fue dado para que aquel que teme a Dios pueda vivir con sabiduría en Su mundo. Describe cómo funcionan las cosas en general no cómo funcionan siempre. Son proverbios no promesas. Tratar este versículo como una promesa fue el mayor error de las generaciones anteriores.

Con eso en mente recorramos el versículo.

Proverbios 22:6, primera parte: instruye a tu hijo

«Instruye al niño». Aquí en la literatura sapiencial se exhorta a los padres a instruir a sus hijos. En el Nuevo Testamento Dios ordena a los padres criar a sus hijos en la disciplina e instrucción del Señor (Ef 6:4). Mientras la instrucción se da con palabras la disciplina se da con acciones: consiste en moldear los actos y los hábitos de nuestros hijos. Un entrenador de fútbol forma a sus jugadores mediante ejercicios repetidos. Una maestra de gimnasia moldea los movimientos del niño. Como padres llevamos a nuestros hijos a esas actividades precisamente porque queremos que adquieran nuevos hábitos y disciplina.

Dios nos da a los padres ese mismo mandato. Instruye a tu hijo. Moldea su voluntad. Desarrolla en él hábitos de dominio propio acordes a su edad. Para someternos a este mandato debemos sentirnos cómodos con la idea de que parte de nuestra tarea es moldear la voluntad de nuestros hijos. ¡Esa no es una idea popular en nuestros días!

La crianza moderna ha sido influenciada por el filósofo francés Rousseau quien sostenía que los niños son páginas en blanco e inocentes. Se nos dice que son los adultos quienes echan a perder a los niños. Tristemente Rousseau dejó a sus cinco hijos ilegítimos en un orfanato poco después de que nacieran. Él mismo lo reconoció con estas palabras: «Creo conocer al hombre pero a los hombres no los conozco».

La Biblia y no un filósofo francés debe darle forma a nuestra crianza. Por un lado los niños son hechos a imagen de Dios y poseen una inclinación única que deberíamos cultivar. Igualmente importante es entender que los niños nacen con un corazón inclinado hacia sí mismos. Instruirlos es ayudarlos a desarrollar el dominio propio que corresponde a su edad. Nuestros hijos no tienen por qué portarse mal de manera habitual. Pueden ser formados en lo que es bueno y recto.

Proverbios 22:6, segunda parte: el camino por el que deben andar

Esto nos lleva a la siguiente parte del versículo. Existe un camino correcto que nuestros hijos deben seguir el mismo por el que todos nosotros deberíamos andar. Existe el bien y el mal la consideración y la grosería la prudencia y la imprudencia el dominio propio y el descontrol. Todos necesitamos formación en estas áreas. Pero de manera particular Dios manda a los padres instruir a sus hijos en este camino porque no es algo evidente para ellos.

Algunos padres cristianos objetarán esto debido a la filosofía mencionada antes: «Estamos aplastando su voluntad. Solo necesitan libertad para desarrollarse y ser ellos mismos». Otros padres cristianos consideran erróneo formar hábitos de piedad antes de que sus hijos se hayan convertido. Ambas ideas son erróneas. Si bien esos hábitos no pueden convertir el corazón sí pueden servir como recipientes que el Espíritu Santo llenará cuando los convierta.

A nuestros hijos se les puede enseñar a no interrumpirnos a no discutir a tener una disposición generalmente alegre a permanecer sentados a no subirse a los muebles a ponerse de pie y cantar cuando la iglesia canta etc. A los padres se les ordena orientar la voluntad de sus hijos hacia la piedad. ¡Esta es la idea de Dios!

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