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Hace poco, un joven me hablaba sobre su crianza. Me contó que disfruta mucho de la compañía de sus hermanos adultos, pero que la relación con sus padres es un desafío. Cuando le pregunté el motivo, me respondió que ha habido tantas ofensas entre ellos que hoy en día se han limitado a coexistir como compañeros de cuarto.

Cada vez estoy más convencido de que el perdón es un ingrediente fundamental en el matrimonio, en la familia y en la iglesia. El amor y el perdón son el pegamento del evangelio que mantiene unidas las relaciones.

Vivir en un hogar lleno del evangelio no significa que seamos perfectos. Significa que perdonamos mucho en vista de lo mucho que se nos ha perdonado. Donde no hay perdón, el resentimiento latente acabará por convertirse en una amargura profunda (Heb 12:15).

Como padre, he tratado de no acumular ofensas con mis hijos. Cuando he pecado al enojarme o al no escucharlos, les he pedido perdón. Habrá momentos en que ellos tendrán que pedirme perdón a mí o a sus hermanos. También es necesario enseñarles a pedir perdón y a restaurar la relación.

¿Cómo enseñamos el perdón?

1. Aprendemos a soportarnos unos a otros

La gracia de la paciencia suaviza nuestra vida familiar y cubre los pecados no intencionales. Sabemos que el amor de Dios ha cubierto multitud de nuestros pecados en la cruz (1 P 4:8) y, por lo tanto, es nuestra gloria pasar por alto una ofensa (Pr 19:11). Como padres, un componente clave de nuestra labor es animar a los miembros de la familia a soportarse, a pensar lo mejor del otro y a dejar pasar las pequeñas ofensas.

2. Buscamos la reconciliación y la paz

Algunas cosas son demasiado grandes como para simplemente pasarlas por alto. La Escritura nos dice que, ya sea que seamos la parte ofendida o la ofensora, debemos buscar la reconciliación. Nuestra labor es pastorear a nuestros hijos a lo largo de cientos de ofensas menores, siempre buscando luego la reconciliación.

3. Enseñamos a nuestros hijos a pedir perdón bíblicamente

Para los niños pequeños, enseñarles a decir simplemente «lo siento» es un primer paso perfectamente aceptable. Sin embargo, a medida que crecen, deben reflexionar en la profundidad y la dinámica de lo que significa pedir perdón. «Lo siento» no es más que una forma abreviada de decir «siento tristeza». Eso está bien para situaciones en las que no tenemos responsabilidad, como cuando decimos: «Siento que se haya cancelado tu partido».

Por desgracia, en nuestra cultura actual no tenemos modelos de un perdón bíblico. Hoy en día, una disculpa pública suena algo así: «Lamento si te ofendieron mis acciones». ¡Esa es una disculpa vacía que en realidad no dice nada!

4. Aprendemos y practicamos una forma más auténtica de perdonar

Aunque ciertamente no usamos siempre estas palabras exactas, intentamos encaminarnos en esta dirección:

a. “Pequé contra Dios y contra ti al ________ (inserta aquí el término bíblico).”
En este caso, el ofensor usa la palabra pecar y también nombra la acción usando terminología bíblica.

b. «Lo que hice estuvo mal. Sé que te lastimé»
El ofensor admite que su acción fue incorrecta y reconoce el daño que le causó a la otra persona.

c. Me esforzaré por cambiar esto en el futuro. Por favor, perdóname
Ahora el ofensor le pide a la otra persona que dé la deuda por perdonada y, al mismo tiempo, se compromete a lidiar con el pecado que la originó.

d. “Te perdono.”
Para la persona ofendida, el perdón es un acto de voluntad que declara la deuda perdonada y pagada en su totalidad. Otorgar el perdón exige una respuesta espiritual de parte de quien fue ofendido.

A una edad temprana, un simple «lo siento» y un «te perdono» seguidos de abrazos son suficientes. A medida que los niños crecen y las ofensas cotidianas se vuelven más grandes, es necesario acompañarlos de manera intencional en este proceso, ya sea en relación con sus hermanos, sus amigos e incluso con sus padres.

5. Aplicamos estos mismos principios a nuestra relación matrimonial

Los niños no son los únicos que necesitan pedir perdón. Los matrimonios pueden marchitarse por falta de perdón. La ira y el resentimiento pueden quedarse latentes bajo la superficie de la relación matrimonial. ¿Le pides perdón de manera regular a tu cónyuge? El perdón tiene el poder de aliviar mucho dolor.

Conclusión

Todos hemos recibido un perdón abundante de Cristo por los pecados de los que somos conscientes e incluso por aquellos que ignoramos. Traemos bendición a nuestra vida y a nuestra familia cuando instruimos a nuestros hijos en esta poderosa dinámica.

 

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