
El fin de semana pasado impartí una conferencia sobre cómo criar hijos sexualmente sanos. Hoy en día, este tema es aún más complejo.
Pero además del contenido, he estado pensando en el método de enseñar a nuestros hijos. Y me hace pensar en que necesito recordar el método de Dios, así como su contenido. ¿La idea clave?
El discipulado es un proceso, no un producto.
Es fácil caer en el error de pensar que basta con enseñarles algo a nuestros hijos una vez y ya estarán listos. O que deberíamos guiarlos por un programa y luego tacharlo de la lista.
La enseñanza formal es útil. Pero no lo es todo en el discipulado. El discipulado es instrucción y cuidado de vida en vida.
Cómo discipuló Jesús
Si observamos el ejemplo de Jesús, esto es exactamente lo que vemos. Jesús enseñó a sus discípulos de forma proactiva y reactiva durante tres años. Les enseñó formal e informalmente. E incluso al final, les dijo que tenían más por aprender. El Espíritu Santo les enseñaría esas cosas más adelante (Juan 16:12).
Nuestros hijos también necesitan enseñanza formal y mentoría informal. Necesitan instrucción y cuidado proactivos y reactivos. ¿Por qué? Nuestros hijos pueden manejar información diferente y momentos diferentes. Además, debe de existir una disposición en el discipulado. A veces nuestros hijos están listos para aprender y a veces no.
El discipulado como proyecto
Podemos aplicar esto también al mundo adulto. En mi juventud, se hacía mucho más hincapié en el discipulado intencional. Los cristianos podían decir algo como: «Juan me discipuló cuando era un nuevo cristiano». O: «¿Alguna vez has sido discipulado?».
Lo que querían decir era que alguien los había guiado a través de un programa para que aprendieran contenido y hábitos específicos. En cuanto a organización e intencionalidad, echo de menos ese proceso. Creo que tiene un valor enorme.
Pero puede haber una consecuencia imprevista. Tanto el que discipula como el discípulo pueden pensar que esto es todo el proceso. El estudio produjo un producto: ellos.
Pablo pudo decirles a los filipenses que estaba allí para su progreso y gozo en la fe (Fil. 1:25). Nunca dejamos de crecer y nunca dejamos de necesitar discípulos en nuestra vida.
Pablo, Bernabé y Timoteo
Todos necesitamos un Pablo, un Bernabé y un Timoteo en nuestras vidas. Con “Pablo”, me refiero a alguien que te enseñe. ¿A quién buscas para aprender deliberadamente de él? Si nunca queremos dejar de crecer, siempre habrá alguien que pueda enseñarte en la fe.
También necesitamos un Bernabé. Un Bernabé no es un mentor, sino un compañero en el ministerio. ¿Quién te reta como amigo, como el hierro con hierro se afila? ¿Con quién puedes compartir tu corazón?
Además, necesitamos “Timoteos” en nuestras vidas. Los Timoteos son aquellos a quienes enseñamos y en quienes invertimos. ¿Quiénes son nuestros hijos e hijas en la fe por quienes oramos y en quienes nos interesamos especialmente? De todas las personas de nuestra iglesia o red, ¿en quiénes estamos invirtiendo especialmente nuestras vidas?
¿Un proceso o un producto?
Al pensar en el discipulado familiar, tengamos la seguridad de que es un proceso. Sí, implica enseñanza formal, como en la iglesia. Pero también implica miles de micro conversaciones. Es una vida desordenada, en medio del desorden. Ir a través de los cambios de la vida, en fin, nunca se detiene. Ya sea un niño pequeño o un veinteañero, estamos ahí para su progreso en la fe. Incluso si nuestro hijo adulto es pródigo, no puede impedirnos orar.
El discipulado es un proceso, no un producto.


