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Dos imágenes sencillas pero útiles para tu matrimonio

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Un matrimonio sólido es esencial para reflejar el evangelio ante el mundo que nos observa y ante nuestros hijos. Sin embargo, parece que nunca ha sido tan difícil como ahora. Muchas ideas falsas, imágenes distorsionadas, expectativas irreales y creencias equivocadas seducen tanto a jóvenes como a adultos.

En nuestro grupo pequeño, recientemente compartí dos imágenes sencillas y clásicas que ilustran conceptos fundamentales para construir un matrimonio fuerte y saludable. No son ideas originales mías; han existido por décadas. Pero son clásicas porque contienen verdades profundas.

La carrera de tres piernas

Aunque hoy casi no se ve, la carrera de tres piernas era una actividad infaltable en los días de campo de hace unos 25 años. Dos personas se amarraban las piernas internas con una cuerda o cinturón y competían contra otros equipos corriendo hacia la meta. La comunicación y la coordinación eran esenciales. Quienes caían en el camino solían divertir a los espectadores.

De manera similar, el versículo más repetido en la Biblia acerca del matrimonio nos dice que el hombre y la mujer dejan a sus padres, se unen el uno al otro y comienzan el proceso de convertirse en una sola carne:
“Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser” (Génesis 2:24, NVI).

Son dos personas que son y que están llegando a ser una sola carne mientras permanecen unidas. Dos que son uno.

Esto significa que en esta nueva unión debe haber comunicación y coordinación. También implica que debe existir cuidado por el otro, porque ahora están unidos. Dos personas están llamadas a terminar la carrera juntas. A diferencia de la analogía, el matrimonio no es una competencia contra otros, sino un maratón delante del Señor. Es una carrera de largo aliento. Caminamos juntos.

Aplicado al matrimonio, este ejemplo deja claro que la persona a la que más necesitamos amar y animar es a aquella a la que estamos “atados”. Los amigos pueden ir y venir. El trabajo tendrá altibajos. Pero yo he decidido unir mi vida a esta persona. Él o ella necesita mi ánimo y mi amor. No puede cargar solo(a) con todo el peso de la relación. Estamos en esto juntos.

Otra implicación importante es reconocer profundamente cómo lo que yo hago afecta al otro. El pecado nos vuelve egocéntricos. Muchas veces no somos conscientes del impacto que nuestras acciones tienen en nuestra pareja. Pero sí lo tienen. Los errores que cometemos, las enfermedades que atravesamos y las limitaciones que enfrentamos afectan al otro. Aunque esto forma parte del “en la prosperidad y en la adversidad”, puede ser agotador cargar con los cambios del otro a lo largo del camino.

A menos que el Señor ordene un sufrimiento extraordinario, nadie quiere cargar con su pareja durante toda la carrera. Incluso palabras sencillas como: “Sé que esta decisión te ha afectado. Gracias por caminar esto conmigo”, pueden traer alivio y sanidad a la relación.

En resumen, esta imagen nos ayuda a entender que: somos uno, necesitamos comunicarnos, lo que le pasa a uno afecta al otro, y ambos debemos dar al otro. Pero esta no es toda la verdad. Hay una segunda verdad que vive en tensión con la primera.

El triángulo

Otra imagen sencilla y muy conocida para pensar en el matrimonio es la del triángulo. En la punta superior del triángulo está el Señor. En las dos esquinas inferiores están cada uno de los cónyuges. A menudo, esta imagen se usa para animar a las parejas que están por casarse a crecer más cerca del Señor y así fortalecer su matrimonio.

Pero esta imagen nos enseña algo más. Si solo miráramos la analogía de la carrera de tres piernas, podríamos desanimarnos cuando el matrimonio atraviesa dificultades, o incluso idolatrar el matrimonio o a la pareja. La ilustración anterior se enfoca en el “nosotros”.

Esta imagen, en cambio, me recuerda que debo buscar crecer a la semejanza de Cristo sin importar lo que haga la otra persona. Dios nos dio el matrimonio tanto para nuestra santidad como para nuestra felicidad. El matrimonio no es eterno; es para esta vida. En el día del juicio, cada uno de nosotros estará delante del Señor de manera individual.

Esto significa que debo esforzarme por amar al Señor, amar a mi cónyuge y crecer como Jesús aun en medio de tiempos difíciles, independientemente de lo que haga mi pareja. Yo puedo avanzar en ese triángulo de santidad hacia el Señor, aunque mi esposo o esposa esté avanzando, estancado(a) o incluso alejándose del Señor.

Además, el triángulo me recuerda que Jesús —y no mi cónyuge— es mi Salvador. Muchos hombres y mujeres, en la práctica, convierten a su pareja en su salvador. Esperan que les provea amor, aceptación, control de las circunstancias, sanidad interior y liberación del sufrimiento, cosas que solo Jesús puede dar. Solo hay un Salvador, y tu esposo o tu esposa no lo es.

Algunas preguntas de aplicación

¿Cómo se aplican estas verdades? Aquí algunas preguntas para reflexionar:

  1. ¿Soy consciente de que mis acciones afectan a mi cónyuge —mis estados de ánimo, mis limitaciones, mis decisiones? ¿Agradezco la gracia que recibo de él o ella? ¿Necesito ser más considerado(a)?
  2. ¿Estamos dedicando suficiente tiempo para comunicarnos sobre la dirección que debe tomar nuestra carrera juntos? ¿O vamos demasiado rápido y caemos con frecuencia?
  3. ¿Es la persona a la que estoy unido(a) mi prioridad para edificar y animar? ¿O, en la práctica, otros han tomado ese lugar?
  4. ¿Estoy idolatrando mi matrimonio o a mi pareja y descuidando mi propia relación con el Señor? ¿Puedo separar mi caminar con Dios del caminar espiritual de mi cónyuge?
  5. ¿Estoy arrepintiéndome de mi pecado y permitiendo que las pruebas del matrimonio me hagan más santo(a), sin importar lo que haga mi pareja?

Estas imágenes sencillas son profundamente significativas. La primera nos muestra cómo el “nosotros” refleja el evangelio, y la segunda nos recuerda nuestra responsabilidad individual de crecer hacia Dios y hacia el otro.

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