
En muchos sentidos, enseñar y hablar de las Escrituras es el blanco del discipulado familiar. En Mateo 28:18-20, Jesús nos manda hacer discípulos al bautizarlos (es decir, evangelizarlos e integrarlos a la iglesia) y enseñarles a guardar todo lo que Él mandó.
Pero ¿cómo hacemos eso como padres, con todas las demás exigencias o expectativas culturales? Nuestros hijos tienen escuela, deportes, música y otras actividades. Eso sin mencionar las responsabilidades que tenemos como padres. Tenemos que ir a trabajar. Debemos mantenernos en contacto con nuestros padres y familia extendida. La casa y el automóvil necesitan mantenimiento.
El discipulado familiar puede parecer abrumador. Es fácil desanimarse y darse por vencido. Pero si estudiamos la vida de Jesús para entender cómo formó a Sus discípulos, vemos que integró el discipulado en Su vida.
Fue a una boda e hizo discípulos. Enseñó a las multitudes e hizo discípulos. Sanó a los enfermos e hizo discípulos. Disfrutó de una cena en casa de un amigo e hizo discípulos. El discipulado estaba integrado en Su vida.
Entonces, ¿cómo podemos hacer eso como padres?
Anclar el discipulado a distintos momentos del día
Deuteronomio 6:7 nos da una metodología brillante. En este versículo se nos dice: «[…] hablarás de [estos mandamientos] cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes».
En otras palabras, conectamos pequeñas porciones de discipulado familiar a distintos momentos del día. Así deja de ser abrumador. Tenemos señales, rutinas o ritmos naturales en casa.
Repasemos, entonces, las distintas partes del día. Mencionaré algunas maneras en que mi esposa y yo tratábamos de discipular a nuestros hijos cuando eran pequeños. Estos ritmos o hábitos cambiaron cuando llegaron a la adolescencia. No hacíamos esto todo el tiempo. Pero las distintas partes del día sí daban pie a distintas actividades.
Ritmos semanales y diarios
Cuando te levantes. Como nuestros hijos no tenían que salir corriendo a la escuela, muchas veces les pedíamos que leyeran una porción de las Escrituras. Antes del desayuno, pero mientras todos andábamos de un lado a otro, poníamos música de adoración alegre para adultos. Nuestro hogar se llenaba de música y nuestros hijos aprendían teología. Sharon podía leer una porción de las Escrituras en la mesa del desayuno antes de comenzar el día. Además, una vez por semana durante el año escolar, podía llevar a uno de mis hijos a una salida para comer donas.
Cuando andes por el camino. Hoy en día no caminamos mucho. Pero sí nos trasladamos de un lugar a otro en automóvil. Como familia, tratábamos de aprovechar el tiempo en el automóvil de varias maneras. Como teníamos cuatro hijos, muchas veces había conversaciones en grupo. Esa conversación podía ser de preparación: hablábamos de las expectativas de comportamiento para un evento al que íbamos. De regreso, la conversación podía incluir un repaso de cómo había salido el evento.
Una segunda manera de aprovechar los trayectos más largos era con música o historias didácticas. Aquí puedes encontrar recursos sugeridos. No lo hacíamos de manera opresiva, sino que era una parte natural del día. Si estuviéramos criando hijos hoy, creo que limitaríamos mucho que los niños más pequeños tuvieran dispositivos electrónicos en el automóvil. Estos dispositivos los aíslan del resto de la familia. Los vería como un último recurso para un viaje largo. Es divertido que toda la familia escuche el mismo material.
Cuando te sientes en tu casa. Especialmente cuando nuestros hijos eran pequeños, tratábamos de compartir muchas comidas alrededor de la mesa. Los estudios sociológicos muestran el beneficio de las cenas familiares para la salud mental de los niños. Mientras convertíamos la cena en un acontecimiento, yo podía leer una porción de las Escrituras; también podía leer parte de un libro de ficción, como Las crónicas de Narnia. O podíamos trabajar en nuestro versículo para memorizar. Como he dicho antes, mi filosofía sobre los devocionales en familia era: mantenlo breve, mantenlo sencillo y sigue empezando.
Una noche a la semana llevaba a todos los niños al sofá y les leía un libro infantil sobre el carácter. ¡Esa noche podía culminar en una lucha entre papá y todos los niños!
Cuando te acuestes. Sharon o yo solíamos arropar a los niños en la cama y orar con ellos antes de que se durmieran. Muchas veces, ella o yo hacíamos una pregunta reveladora: «¿Hay algo que esté molestando tu conciencia y que quieras contarme?». Eso les daba a los niños la oportunidad de confesar algún pecado oculto del día. Esos momentos íntimos creaban un vínculo poderoso. Después de orar, podían leer libros en sus camas. O apagábamos las luces y poníamos una historia bíblica en un casete. Sí, ¡así de viejo soy!
No es tanto
Escrito en el papel, esto puede parecer mucho. Pero en realidad no lo era. Solo eran pequeños momentos a lo largo del día, puntos de contacto intencionales. Sin duda, hubo veces en que los saltábamos. Si salíamos como familia al grupo pequeño, no había oraciones antes de dormir: ¡directo a la cama! Si nos levantábamos tarde y andábamos con prisa, no había música ni devocional.
El punto no es darte una lista abrumadora. El punto de este artículo es que pienses en los momentos de contacto a lo largo de tu día. Si te sientes abrumado y desanimado, simplemente traza tu día: la mañana, el tiempo en el automóvil, la hora de comer, la hora de dormir. ¿Cuál es una actividad sencilla que podrías conectar a cada uno de esos momentos?
El discipulado no es un gran programa que implementamos y que luego se desvanece poco a poco. Es una convicción de vida: la de tener pequeños momentos de enseñanza intencionales que provienen de una fuente confiable, involucrada en la vida de su hijo.


