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Family Discipleship

Amar como Jesús: con afecto y autoridad 

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Cuando comencé este ministerio hace más de once años, la pregunta que rondaba la mente de los padres era: «¿De verdad soy responsable de discipular a mis hijos? Para eso los llevo a esta iglesia. Es responsabilidad de ellos».

Por la gracia de Dios y por Su Espíritu, esa pregunta ha cambiado. Ahora, la inquietud que escucho de la mayoría de los padres suena más o menos así: «Sé que soy responsable de transmitirles la fe. Pero ¿cómo lo hago?».

A esa pregunta respondo tanto en The Disciple-Making Parent [El padre que hace discípulos] como en las conferencias que imparto. Pero quisiera dedicar un poco de tiempo en estos correos a detallar el cómo del discipulado familiar.

Específicamente, me enfoco en siete compromisos que los padres deberíamos asumir. En este correo nos detendremos en el cuarto. Espero que, después de leer estos siete, te sientas a la vez animado y desafiado. Animado al pensar: «Esto sí se puede hacer», pero también desafiado a dar pasos adicionales.

Puedes encontrar los demás compromisos aquí: Compromiso uno, dos y tres.

Este es el cuarto compromiso al que animo a los padres que hacen discípulos:

Ámalos como Jesús: con afecto y autoridad.

Los padres eficaces llenan su hogar con amor y con el aroma del evangelio. Jesús dijo: «En esto conocerán todos que son Mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros» (Jn 13:35). Amarnos unos a otros es un testimonio para nuestros hijos y para los que nos rodean.

¿Están nuestros hogares impregnados del aroma del evangelio? Como cristianos servimos a un Dios que es tres personas distintas que se han amado mutuamente desde toda la eternidad. Nuestras familias pueden reflejar esa comunión. Papá, mamá e hijos son diferentes y, aun así, pueden ser amorosos y estar unidos.

¿Cómo lo logramos? Permíteme destacar tres aspectos del amor bíblico.

1. Queremos tener un hogar de gracia y gozo

Un hogar cristiano debe respirar una atmósfera de gracia y afecto. Los cristianos deberíamos ser las personas más gozosas del mundo. ¡La vida cristiana no consiste en beber jugo de limón! El evangelio trae gozo, un gozo mayor que el del mundo. Por eso, a los hijos les resulta mucho más difícil rebelarse contra un hogar así.

El evangelio también trae gracia. Los hijos no necesitan padres perfectos. Lo que necesitan son padres que reconozcan su propia necesidad del Salvador y de la gracia en el diario vivir. ¿Confiesas tu pecado? ¿Te haces responsable de él? ¿Pides perdón?

Como somos pueblo de Dios, vivimos de manera distinta al mundo. Sharon y yo tomamos decisiones definidas para vivir de otra forma. Pero queremos vivir esa diferencia con gracia y gozo. Queríamos ser gozosamente diferentes.

2. Queremos amarlos con conexión emocional

Otro aspecto del amor semejante al de Cristo es la conexión emocional.Sé que amas a tus hijos. Pero ¿disfrutas estar con ellos? ¿Lo notan ellos? ¿Perciben más tu afecto o tu corrección?  La Escritura dice que nuestro Dios «se regocijará por ti con cantos de júbilo» (Sof 3:17). Eso significa que no es un Dios emocionalmente distante; al imitarlo, tampoco nosotros somos distantes. Tenemos afecto por nuestros hijos.

¿Cómo conectamos con el corazón? Por medio de las conversaciones. Las conversaciones que sostenemos transforman nuestra vida. Esta es la verdad incómoda: la mayoría de nosotros no somos buenos comunicadores. Quizás hablamos demasiado, o quizás demasiado poco.

Dios quiere desarrollar tu capacidad de comunicarte. Conéctate con tus hijos: comprométete a ser un buen comunicador. Suelta el teléfono. Está presente. Escucha con los ojos. Aprende a hacer buenas preguntas.

Además, aprovecha los momentos clave para hablar con ellos. Nosotros usábamos los viajes en auto como espacio de conversación familiar. Nada de dispositivos, salvo que diéramos permiso. La hora de acostarlos también era un valioso tiempo para conversar. Pero lo más poderoso que hice como papá fue sacarlos uno a uno a lo que llamábamos una «cita por una dona». Todas estas cosas unieron nuestros corazones.

3. Queremos amarlos con la disciplina del evangelio

Quizás no pienses en la disciplina como una forma de amor. Pero Jesús dijo: «Yo reprendo y disciplino a todos los que amo» (Ap 3:19). Aquí no tengo espacio para hablar del cómo de la disciplina. Aunque la formación del carácter en los hijos no puede regenerar el corazón, sí lo moldea. Por eso, una buena crianza proclamará el evangelio y moldeará la voluntad.

Entrenamos a nuestros hijos para que nos obedezcan, y así les resulte más sencillo someter su voluntad a su Padre celestial. Como mayordomos, no los disciplinas por tu propia paz y tranquilidad. Disciplinas su corazón y los entrenas para que te digan «sí». Así, cuando crezcan, les resultará más fácil seguir a su Padre celestial. Imponemos límites cuando son pequeños para que, cuando sean grandes, abracen con gozo las restricciones de su Padre celestial (Sal 119:32).

Si, por nuestro descuido, les estamos enseñando a desobedecernos, entonces en realidad estamos formando en ellos un carácter que más tarde desobedecerá a Dios. J. C. Ryle hizo una observación similar hace muchos años: «No debes asombrarte de que los hombres se nieguen a obedecer a su Padre que está en los cielos, si tú, cuando eran niños, les permitiste desobedecer al padre que tenían en la tierra».

En resumen, un hogar atractivo e impregnado del evangelio está lleno de gracia, de gozo y también de límites.

Sugerencia práctica 

Pregunta a tu cónyuge si aportas una atmósfera de gracia y gozo al hogar. ¿Qué puedes hacer para mejorarla?

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