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Nuestra crianza necesita el consejo de la iglesia

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Nota del editor: este artículo es una adaptación de la conversación entre Chap Bettis y el pastor Travis Rymer, publicada en el episodio 132 del pódcast The Disciple-Making Parent.


Después de años de enseñar sobre discipulado familiar, hay algo que todavía me sorprende.

Pedimos recomendaciones antes de comprar un carro o de escoger un pediatra. Investigamos durante semanas en qué colegio matricular a nuestros hijos. Pero nos cuesta pedir consejo o hacer preguntas sobre nuestra crianza.

Puede que mi observación esté equivocada y que solo refleje mi experiencia. Si tiene algo de cierto, vale la pena que nos preguntemos por qué callamos.

Cuando el hijo define al padre

Sospecho que buena parte del silencio viene del orgullo. Lo digo con toda la gentileza que puedo, porque también lo he visto en mí.

Hemos llegado a ver a nuestros hijos como una proyección de nuestra identidad. Si mi hijo se porta mal, algo dice eso de mí. Si mi hija se descarrila, mi valor como padre queda en entredicho. Bajo esa lógica, cada pregunta que hago sobre mi crianza suena como una confesión de fracaso.

Dios te entregó un pequeño pecador que va a fallar, y eso no dice de ti lo que temes que diga. Tu identidad no depende del desempeño de tus hijos sino de Cristo.

La crianza también es un territorio íntimo. J. C. Ryle, el pastor inglés del siglo XIX, decía que preferiría corregir a un hombre en cualquier otro tema antes que en la manera de criar a sus hijos. A eso se suma que aquí las equivocaciones no se deshacen. Cuando por fin reconoces que fallaste, es probable que ya hayan pasado dos años.

A quién le preguntamos hoy

El internet ha hecho que nos resulte más fácil evitar la conversación. Cuando tengo una duda médica ya no llamo al doctor. Escribo la pregunta en Google o se la hago a ChatGPT, y en pocos segundos recibo una respuesta que no me obliga a exponer nada de mi vida.

No tengo nada contra la herramienta. Lo que me preocupa es que hay una sabiduría acumulada en la iglesia local que ninguna pantalla te puede dar, entre otras razones porque esa sabiduría te conoce.

Los que tenemos ya ciertos años no recordamos por qué escogimos una marca de pañales, así que no nos preguntes eso. Podemos hablarte de principios y de disciplina, y sobre todo podemos contarte lo que hemos observado, porque llevamos años sentados a tu lado en la iglesia viendo crecer a tu familia.

Lo que no alcanzas a ver

Cuesta mucho acercarse a un padre o a una madre para decirle que uno lo ve demasiado duro con su hijo, o demasiado blando.

Quizás pienses que en nuestras familias, y hasta en nuestras iglesias, sobra lo contrario. La abuela opina sobre la comida, la vecina sobre el abrigo, alguien en la iglesia comenta que a ese niño le hace falta mano firme. Casi todo eso se queda en las costumbres. Nadie pregunta por lo que pasa dentro. Si tus hijos te están viendo perder la paciencia, si hace meses que no oras con ellos, si tu casa se volvió un lugar donde nadie ríe. Eso solo lo sabe quien está cerca, y solo lo dice quien sabe que le vas a agradecer la molestia.

Cuando pastoreaba mi iglesia anterior reuní a varios hombres y les pregunté qué debilidades veían en mí. Dos o tres se quedaron pensando y me dijeron que no sabían. Uno me agradeció que preguntara y enseguida soltó cinco cosas, una detrás de otra. Todavía me río al recordar que le pregunté si las había pensado antes de esa reunión.

Ese hombre no era menos amable que los demás. Solo estaba esperando a que alguien le abriera la puerta.

Tíos y tías en la iglesia

Conocí a un hombre en esa misma iglesia que cada domingo se acercaba a mis hijos con una sola pregunta. Quería saber cómo podía orar por ellos. Nunca los sacó a comer helado ni les organizó nada especial, pero preguntaba semana tras semana. Nuestros hijos van por la vida evaluando si esta gente cree de verdad lo que dice, y aquel hombre les estaba respondiendo sin proponérselo.

La literatura sobre ministerio juvenil habla de un adulto por cada cinco muchachos. A mí me gustaría darle la vuelta a esa proporción y que cada padre se pregunte cuántos tíos y tías ha escogido él mismo para la vida de sus hijos. Puedes empezar preguntándoles a ellos qué adultos de la iglesia respetan.

Nosotros teníamos a Dana Cloutier. Puede que hayamos tenido una primogénita de voluntad fuerte, y llegaron los años de la adolescencia con esa etapa en la que tus hijos te consideran un ignorante. Recuerdo haberle dicho que fuera a hablar con la señora Cloutier. Ella conocía a las adolescentes y nos conocía a nosotros, y por eso su consejo tenía peso.

Hoy en día ningún adulto sensato toma la iniciativa con un niño sin la aprobación de sus padres. Esa puerta la abres tú.

La libertad de no defenderte

«El camino del necio es recto a sus propios ojos, pero el que escucha consejos es sabio» (Pr 12:15).

Algo que aprendí tarde es que pedir consejo no me obliga a obedecerlo. Puedes escuchar, agradecer y responder con honestidad que no lo ves así. Invitar sabiduría a tu casa no significa entregarle a nadie el gobierno de tu hogar.

Hay una prueba todavía más difícil, y es lo que haces cuando el consejo llega sin que lo hayas pedido. Casi siempre viene envuelto en malas maneras, en el momento inoportuno y de la persona menos indicada. Puedes agradecer, examinar delante del Señor lo que te dijeron, quedarte con lo que sea cierto y soltar lo demás. Ofenderse sale caro. Le enseña a los demás que contigo ese tema no se toca, y a partir de ahí callan para siempre.

Lo que se te quita de encima es el peso de administrar tu reputación. Cuando dejas de cuidar la imagen puedes decir la verdad, que eres peor de lo que los demás creen y que tu familia es más desordenada de lo que se ve el domingo, y que aun así lo que más quieres es honrar al Señor y que tus hijos te amen.

El hogar es desordenado y el matrimonio también lo es. Uno tiende a pensar que la vida de los demás no lo es, y te aseguro que sí. Deja de cargar ese desorden en silencio y empieza a preguntar.

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