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Cómo cambia tu autoridad a medida que tus hijos crecen

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Nota del editor: Este artículo es una adaptación de una parte de la conversación entre Chap Bettis y Jonathan Leeman en el episodio «Understanding Authority and the Blessing It Brings» [Entender la autoridad y la bendición que trae] del pódcast The Disciple-Making Parent.

Jonathan Leeman volvía a casa en avión con su hija de 17 años cuando ella quiso ver una película de terror. Sabía que en un vuelo las escenas más inapropiadas vienen editadas, así que tuvo que decidir: ¿insisto en que no la vea o le aconsejo que no la vea?

Eligió aconsejar: «Cariño, te animaría a no verla. No creo que sea sabio. Pero es todo lo que voy a decir». Ella la vio, no le gustó y le agradeció el consejo.

Me pareció la manera perfecta de manejarlo. Parte de la sabiduría consiste en dejar que los hijos cometan sus propios errores hasta descubrir que papá y mamá tenían razón. Sin embargo, esa escena solo tiene sentido a la luz de algo más amplio: a medida que tus hijos crecen, tu autoridad debe pasar del mandato al consejo, sin dejar de ser autoridad.

Dos clases de autoridad

En su libro Autoridad, Jonathan define la autoridad como la licencia moral para ejercer poder, una licencia que siempre concede alguien más. Luego distingue dos clases. Ambas son autoridad real: dan el derecho de decir «debes hacer esto», y quién está bajo ella tiene la obligación moral de someterse.

La diferencia está en el derecho a hacer cumplir la instrucción mediante la disciplina. La autoridad de mandato lo tiene; es la de los padres de niños pequeños, que ejercen el poder de la vara. Busca obediencia inmediata: «Hija, tienes que irte a dormir ya». La autoridad de consejo no lo tiene; Jonathan ubica aquí a los esposos y a los pastores de la iglesia. Juega a largo plazo, se ejerce con paciencia y delicadeza, y busca ganar el corazón.

Cuando le pregunté cómo pastorear a los adolescentes, fue directo: al pasar de los 3 a los 13 y a los 23 años, pasas del mandato al consejo.

Matt Schmucker, un hombre mayor que lo discipuló, le dio una imagen para entender esa transición. Con hijos pequeños vas delante de ellos. En la adolescencia caminas a su lado. En sus veintes te colocas detrás.

Delante: la etapa del mandato

Con hijos pequeños vas al frente, con órdenes claras y disciplina. Hace poco, Jonathan caminaba con un amigo y su hija de 3 años, y la niña empezó a bajar a la calle. El padre le dijo que no lo hiciera; ella discutió y siguió, y él la dejó. Jonathan pensó: si vas a trazar una línea en algún lugar, amigo, que sea en la calle; es cuestión de vida o muerte. En nuestra casa, cuando los niños eran pequeños, la palabra mágica era «¡quieto!». No era necesario tener una discusión, simplemente se obedecía la orden.

Sobre esto Leeman explica que, cuando no ponemos límites ni disciplinamos, formamos narcisistas: hijos convencidos de que el mundo debe acomodarse a ellos y de que nada tiene consecuencias. Esa permisividad parece amor, pero Proverbios la llama de otra manera: «El que evita la vara odia a su hijo, pero el que lo ama lo disciplina con diligencia» (Pr 13:24).

Al lado: la etapa de las preguntas

El mandato también tiene un límite. Pablo advierte: «Y ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef 6:4). A los 13 años ya no disciplinas como a los 3.

Con adolescentes, les recuerdas los principios en que crees, y que quizá ellos también creen, y les preguntas si esa es la manera más sabia de actuar. Leeman lo resume en su libro: «Se necesita habilidad y sabiduría para guiar a las personas en la dirección correcta y, al mismo tiempo, dejar que descubran su propio rumbo».

El día antes de nuestra conversación, ayudaba a su hija de 14 años a editar un trabajo escolar. Es editor de profesión y empezó a corregirlo él mismo, hasta que se detuvo: tenía que ser el trabajo de ella. Terminaron jugando a las preguntas: «¿Quieres usar por consiguiente aquí?». «Sí». «¿Y no querías poner una coma ahí?». «¡Sí!». Esa tensión, dice Jonathan, es precisamente lo que buscamos como padres. La pregunta es: «¿Cómo la ayudo a hacerlo, en lugar de simplemente hacerlo yo?».

Jonathan y su esposa tuvieron que recordarse mutuamente que, con hijas adolescentes, a veces debían ser más flexibles e invitarlas a conversar.

Detrás: la etapa del ánimo

Con hijos veinteañeros, tu papel es animarlos. ¿Cómo se llega ahí? Jonathan y su esposa solían decirles a sus hijas: «Les daremos tanta libertad como demuestren saber manejar». Si no mostraban responsabilidad, el corral se achicaba; si la mostraban, podía crecer tanto como quisieran. La clave era que demostraran estar interiorizando los principios de sabiduría que les enseñaban.

Esa es la meta de toda la transición. La buena autoridad levanta a otros para que un día sepan gobernar. Eso es lo que Dios quiso hacer con nosotros en la creación y lo que está completando en la redención.

¿Dónde estás tú?

Te animo a dar dos pasos. Primero, piensa en cada uno de tus hijos y pregúntate en qué etapa está. ¿Estás mandando donde ya deberías aconsejar? ¿O estás aconsejando donde todavía deberías mandar? Suelo decir que la crianza requiere autoridad y afecto. En términos generales, esta generación de padres acierta en el afecto, pero le cuesta la autoridad.

Segundo, conoce tu tendencia. Jonathan reconoce que, por temperamento, él se inclina hacia el autoritarismo y tiene que esforzarse por ser más flexible. Su amigo, en cambio, tendía a la permisividad y necesitaba poner límites. Tú también tienes una inclinación, y amar a tus hijos incluye trabajar contra ella.

Disciplinar bien, con calma, con compasión y según las necesidades de cada hijo, es trabajo duro. Nuestro Padre celestial nos muestra por qué vale la pena: Él nos disciplina «para nuestro bien, para que participemos de Su santidad» (Heb 12:10). Esa es la autoridad que queremos reflejar en casa: una que forma, levanta y, con el tiempo, da un paso atrás para animar.

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